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Porque la hierba es verde

Porque la hierba es verde

 

En Semana Santa, todas las noticias se hacen insignificantes. Incluso en estos tiempos convulsos, con epidemias, guerras, crímenes e ideologías nefastas (¡las mismas del siglo anterior!). Todo palidece y se hace pequeño, ínfimo. No porque objetivamente lo sea, sino porque nada es comparable en grandeza e importancia con la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Redentor. Nada ha ocurrido ni ocurrirá más sustancial, más profundamente humano, más radicalmente nuevo.

Agradezco a este periódico y a su dirección que me ofrezca esta ventana de libertad para llevar a los lectores un pedacito de esperanza. Porque si algo nos enseña la Semana Santa es que el mal (con mayúsculas y en minúscula) jamás podrá con el Bien, y que la mentira (dueña del mundo de hoy) nunca podrá eclipsar a la Verdad de la que emanan todas las demás verdades. Que después de la Cruz y la oscuridad, del llanto y las tinieblas, después del dramático silencio y la soledad del sepulcro vacío, llega la alegría incontenible del Domingo de Pascua: Cristo, Nuestro Salvador, ha resucitado.

Sé que sobre estas cosas no escribe casi nadie en los periódicos. Chesterton se quejaba de lo mismo hace un siglo, así es que me consuela saber que esto no es nuevo. En un artículo publicado en el Illustrated London News, el 23 de enero de 1909, decía el genial escritor inglés: "En estos tiempos es prácticamente imposible encontrar la verdad en ningún periódico, ni siquiera en los periódicos honestos". Tres años antes, un 24 de noviembre, en el mismo diario, se preguntaba: "¿Tan difícil es decir que algo es inmoral?". La prensa, un siglo después, ha solemnizado y grabado a fuego los graves errores que se empezaron a engendrar tras la Revolución Francesa.

Sí, amigos, aunque no lo diga casi nadie, fue el advenimiento del liberalismo (con su padre putativo, el marxismo), el que hizo trizas el edificio del Antiguo Régimen sobre el que descansaron durante siglos las grandes verdades eternas, esas que tienen su raíz en el Evangelio. Y en el cadalso parisino, donde rodaron las cabezas de reyes y nobles, se despeñó también parte de la roca de la civilización cristiana. La posmodernidad solamente ha transformado aquellos desagradables cuajarones de sangre azul en el sucio relativismo moral sobre el que hoy chapotean Europa y Occidente. Con terribles consecuencias.

Por eso, la Semana Santa nos devuelve a la gran verdad de lo que somos y de donde procedemos. Nos recuerda que aquí, "in hoc lacrimarum valle", no comienza y termina todo. Que la muerte (como recuerda el himno legionario) no es el final. Que no hemos venido para ser inhumados y perecer, sino para vivir eternamente gracias a Cristo Redentor. Y aunque hoy vivamos tiempos de penumbra atea y agnóstica, aún quedamos muchas voces libres para decir, alto y claro, "que la hierba es verde". Sin necesidad de sacar ninguna espada, pero sin miedo a chantajes ni sordinas.

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