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O quejarse, o gobernar

O quejarse, o gobernar

 

Cuando Sánchez e Iglesias se dieron aquel abrazo que sellaba el primer gobierno de coalición de España desde la Transición, pocos podían imaginar (yo no, lo confieso) que en algún momento podríamos vivir el absoluto desastre, el disparate continuo, la ocurrencia por sistema, y la falta de escrúpulos morales como diagnóstico general. Lo de ZP ya fue ruinoso y espeluznante, las dos legislaturas de Rajoy no lo mejoraron mucho, pero esto de Pedro Sánchez y sus mariachis podemitas ya es "el empezose del acabose" (Mafalda dixit).

Mientras este grupo de luminarias que componen el Ejecutivo regala miles de millones de euros a sus grupos de amiguetes afines (medios de comunicación de vocación lewinskiana, ongs de transexuales y otras modas aberrantes, etc.), nos pide a los españoles que no gastemos luz, ni combustible, porque "la guerra de Putin" nos asoma a un otoño-invierno de escasez y estrecheces como no se recordaba desde la posguerra nuestra. Y exige a los ayuntamientos y comunidades que ahorren luz del alumbrado público, aunque sea a costa de tener las calles como si fuesen las de Botswana, por las noches. Que ya he visto a más de un vecino con la linterna del móvil encendida, apuntando al suelo, para no dejarse los piños contra una farola (apagada).

Mientras, la gasolina sigue a dos euros el litro, lo que supone que muchas familias y autónomos empiezan a plantearse seriamente si mover su automóvil o dejarlo aparcado ya para siempre, hasta que se lo lleve la grúa.  Si vas al supermercado a hacer la compra semanal, los alimentos básicos de nuestra dieta se han encarecido una media del 15-20%, subiendo algunos de ellos al 50 ó 60%. Todo, por supuesto, por culpa de Putin, de Isabel Ayuso, de Francisco Franco y de Lina Morgan. De cualquiera menos de los que realmente tienen la culpa.

Porque miren: gobernar en democracia no es comportarse como un tirano y luego recordar que has ganado las elecciones. Hitler también ganó las elecciones de 1933 en Alemania. Lo que hace que un gobernante sea verdaderamente legítimo no es ganar en las urnas, sino después gobernar buscando el Bien Común de los ciudadanos y el progreso de la nación. Pedro Sánchez nos está empujando a la ruina general, al caos económico, al desastre energético, al paro y la inflación, a la angustia de las familias, a la desesperación de los autónomos, al ridículo en política exterior. Al caos.

No es casualidad que España estuviese a la cabeza de víctimas mortales durante los peores meses de la pandemia de Covid; tampoco es casualidad que ahora, con la guerra de Ucrania, estemos a la cabeza de las naciones europeas que peor lo están pasando. En eso consiste gobernar: en aplicar medidas eficaces cuando es más necesario hacerlo. Salir a quejarse de lo malo que es Putin, o de lo peligroso que es un virus, no es propio de gobernantes responsables, sino de llorones y de inútiles que no se han visto en otra igual en su vida.

Conviene recordar estas cosas la próxima vez que nos toque ir a votar.

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