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Nunca fue el qué

Nunca fue el qué

 

Los nuevos partidos políticos que irrumpieron en las instituciones hace unos años aprovechando el 15M, lo hicieron con la exigencia de una mayor ejemplaridad en la vida pública. Llegaron con un mensaje de renovación urgente, de transparencia absoluta, de higiene profunda en un sistema que, decían, era antiguo, oscuro y corrupto.

Ada Colau venía de las reivindicaciones de propietarios de viviendas frente a los abusos en sus hipotecas; Pablo Iglesias y Errejón, del entorno de la extrema izquierda universitaria admiradora de las narcodictaduras caribeñas; Isabel Serra, del entorno anticapitalista y antisistema, y Rita Maestre del colectivo Juventud sin Futuro.

Venían con las exigencias por las nubes y la paciencia por los suelos. Querían “romper los candados del 78”, rechazando una Constitución que les limitaba en sus aspiraciones de renovación integral. Se sentían Simón Bolívar guiando al pueblo hacia su liberación. Tenían hambre de poder, sed de venganza y transmitían a los suyos el inminente inicio de una época dorada de participación ciudadana, decisiones conjuntas, viviendas dignas y dirigentes políticos con vidas humildes.

Desde luego Galapagar fue el inicio. El día que salieron las fotos del casoplón con piscina que Iglesias y Montero habían elegido para vivir en la sierra algo se rompió para siempre. Propios y extraños recordaban, y aún recuerdan, al líder de Podemos trotando junto a Ana Rosa Quintana mientras le dice que lo peligroso son los políticos que se van a vivir a urbanizaciones y se aíslan de los barrios y la gente. Por supuesto, ellos tenían una excusa: habían tenido hijos y preferían criarlos allí.

Decidieron que sólo cobrarían tres salarios mínimos y el resto lo donarían a causas sociales. Luego las causas sociales fueron únicamente Podemos, y luego fueron mucho más de tres salarios mínimos. Pero claro, necesitaban dinero para ayudarnos a todos. Si lo retuerces un poco, es hasta generoso. Ada Colau reclamaba una gran rebaja del sueldo del alcalde de Barcelona que ella no se aplicó cuando fue elegida, y argumentó que tenía una sobrecarga de trabajo que de algún modo había que pagar.

Cada vez que un cargo del Partido Popular, desde su presidente hasta el último de sus concejales, recibía una denuncia o una sospecha por cualquier motivo, se echaban a las calles para reclamar su dimisión inmediata, y redactaron unos códigos éticos donde se obligaban a dejar sus cargos en cuanto fueran imputados por algún delito. Luego fueron delitos concretos y luego matizaron que bueno, que habría excepciones. Porque ya se sabe lo que escribía Orwell, que todos los animales son iguales, pero unos animales son más iguales que otros.

Así, Isa Serra fue imputada, juzgada y condenada por agredir a una mujer policía y no solo no dimitió, sino que la ascendieron a portavoz nacional de Podemos. Alberto Rodríguez fue condenado por dar una patada a un policía y se agarró al escaño como si le fuera la vida hasta que el parlamento le expulsó, e Íñigo Errejón está imputado por agredir a un anciano y sigue teniendo sitio en la Cámara Baja. Varios concejales de Manuela Carmena en el ayuntamiento de la capital fueron imputados por malversación de caudales públicos y siguieron dando lecciones a todos, y Echenique fue cazado sin pagar la Seguridad Social a su asistente y la altura de su superioridad moral no le permitió escuchar a quienes le reclaman la ejemplaridad que ellos exigían.

Esa naturalidad con la que se exceptúan de todo hace que la antigua activista por una vivienda digna, Ada Colau, pueda acondicionar contenedores marítimos para meter a personas y les llame viviendas sociales sin que se le caiga la cara de vergüenza. O presentar, como hizo Podemos, a una asesina convicta para alcaldesa de Ávila. O que Irene Montero, la Simone de Beauvoir moderna, no haya levantado un dedo durante meses por las niñas prostituidas en las regiones donde sus filiales gobiernan.

Ni vivieron humildemente, ni jamás los círculos pudieron decidir nada, ni las mujeres estuvieron protegidas, ni dimitieron cuando hicieron algo incorrecto, ni cobraron lo que prometieron, ni nada en absoluto. Lo único que han establecido claramente es que se sienten superiores moralmente, y que como son superiores moralmente, no necesitan ese tipo de controles o limitaciones que piden a los demás. Porque en realidad nunca fue el qué, sino el quién.

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Carlos Díaz-Pache

  Director General de Cooperación con el Estado y la Unión Europea de la Comunidad de Madrid

 

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