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Javier Lucero

Javier Lucero

 

Entre el cielo y la tierra existen infinitos lugares hermosos y, respecto a ellos, cabe discernir entre aquellos parajes naturales esculpidos directamente por el cincel Divino, y esos otros, que son bellos porque el alma del hombre que los habita los hace especiales, únicos y mágicos.

Es la mano del hombre la que construye caminos, traza puentes, levanta edificios, siembra los campos, compone canciones e himnos, escribe poemas, trenza los mimbres del futuro y guarda con esmero el legado de sus antepasados mimando las tradiciones, para que su esencia perdure eterna en el tiempo.

Cada ciudad, cada pueblo alberga siempre hombres y mujeres de manos generosas, que contribuyen con su amor y su esfuerzo a engrandecer esos pueblos.

En Brunete, uno de esos hombres ha sido, es y siempre será Javier Lucero. Resulta prácticamente imposible calibrar si sus manos han sido más grandes y generosas que su corazón, que su sonrisa o que su eterna disposición para su amado pueblo, su rondalla, sus Hermandades, sus tradiciones y su Santísimo Cristo del Patrocinio.

Quienes hemos tenido el privilegio de conocerle y compartir sus pasiones, podemos atestiguar que el compromiso de Javi con cada detalle, hasta rozar casi la perfección, ha sido una constante en su vida, porque él hizo que Brunete fuera su vida. Gracias a personas como él, el alma de Brunete crece y se ensancha, a pesar de los pesares. Gracias a Javi Lucero, a su maravillosa mujer Rosa y a otras personas como Macu, Camilo, Juan, Laura, Alberto… hoy, Brunete sigue siendo un pueblo con alma.

Este año, Javi, no has podido compartir con tu pueblo el día más importante, ese día grande de la Fiesta Mayor en honor al Santísimo Cristo del Patrocinio, que con tanta devoción y tanto fervor preparabas durante meses, pero lo habrás podido contemplar desde un lugar privilegiado, allí arriba.

Nunca olvidaré tu alegría, tu vitalismo, tu perfeccionismo y tu entusiasmo por cada proyecto cultural de Brunete. Nunca olvidaré el aplauso eterno que te brindó el pueblo -tu pueblo- el día en que te despedimos y que, partiendo desde el interior de la iglesia, se extendió por la plaza, volando por las calles, las fuentes y los campos de trigo de las eras. Brunete te brindó un más que merecido aplauso eterno. Y yo quería brindarte estas palabras, amigo.

Entre el cielo y el suelo existen infinitos lugares hermosos modelados por personas hermosas. Volveremos a encontrarnos.

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